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EN PRIMERA PERSONA

Crónica de mi primer maratón

La sonrisa no falta después de los 42 kilómetros
  • Asier Urbina, cocinero, uno de los 667 corredores que completaron la prueba reina de Vitoria, desnuda las experiencias de un primerizo en los 42,195 kilómetros

No sé como empezar a describir lo que siento ahora, aquí, sentado enfrente del ordenador…

Asier Urbina es uno de los 667 corredores que completaron este domingo la Maratón Martín Fiz de Vitoria. Era su primera maratón. Urbina, cocinero, segundo de cocina del restaurante Ikea (del que está al frente otro corredor habitual, Iñaki Moya), se ha preparado a conciencia desde noviembre para estrenarse como maratoniano a sus 27 años.

Cuento esto, a petición de elcorreo.com, no para resaltar lo guay que soy, lo fuerte, lo atleta, lo rápido… Acepto contarlo porque hace dos años no podía correr y ahora he terminado mi primer maratón. Porque quiero trasmitir que no hay diferencia entre tú, o la gran mayoría de las personas que están leyendo esto, y yo. Yo he podido. Tú también puedes. El viaje es duro, tendrás que entrenar domingos, días festivos, cumpleaños… Pero se puede.

Urbina, atado a los sacrificados horarios de la restauración profesional, ha preparado su primer maratón durante seis meses. En este tiempo, y siguiendo programas de entrenamiento específicos, ha completado 1.600 kilómetros, a una media de 266 por mes; unos 10 kilómetros de entreno diarios, alrededor de una hora en función de la velocidad. También se ha puesto en manos de médicos especializados para analizar sus posibilidades atléticas, mejorar su rendimiento y saber su estado de salud, un asunto fundamental cuando se pretende acometer una empresa que requiere tanto esfuerzo. Parte de todo ello lo ha contado en su blog,proyectomaraton.com.

ANIMADO

Una vez en meta, y con el reto superado, el humor no podía ser mejor.

No solo eso. He dejado atrás 1.600 kilómetros, pero también 13.000 metros de desnivel, unas zapatillas, una caja de apositos para los pezones, 10 tubos de vaselina para las rozaduras… Pero he ganado mucho más de lo que he invertido. He ganado en conocimiento de mí mismo. Ahora sé que soporto la soledad, que me encanta correr, que puedo con una maratón.

La última semana ha sido rara. El volumen de entrenamientos ha bajado mucho y me empezó a entrar el gusanillo por enfrentarme al primera maratón. Te preguntas: ¿Será tan duro? Yo estaba tranquilo, sabía que lo iba a terminar, he entrenado muy bien, y cuando entrenas sabes como estás físicamente. Es como estudiar para un examen. Sabes qué nivel llevas y cómo lo vas ha hacer. Pero también sabes que los nervios pueden jugar malas pasadas.

Y, al final, lloré

Son las 8.55 del domingo. El maratón está a punto de empezar y esos nervios se dejan notar. Tengo que correr a un baño, a pesar de haber salido de casa con mis necesidades en orden. Primer contratiempo, pero sin más consecuencias.

A las 9.00, pistoletazo de salida. Meto primera y busco mi ritmo: 4’30” por kilómetro. Ése es el que quiero llevar, el que me llevará a completar la prueba en unas 3 horas y 15 minutos. Los primeros kilómetros, muy bien, adelantando a otros corredores, con buen ambiente… De repente, ¡zás!, el hombre que corría por mi izquierda ha desaparecido. Ha tropezado con un bordillo y ha caído. Ha sido a la altura del kilómetro 7, por la plaza de Bilbao. Eso me ha hecho pensar y concentrarme. Me doy cuenta de que una tontería así puede acabar con mi carrera, con mi reto. Grito al que va delante de mí: “¡Qué miras para atrás, anda, mira para delante que al final nos caemos todos!”. Me pide perdón. Yo también se lo pido porque no son formas. Han sido los nervios.

Urbina había preparado muy bien su plan. Tenía a varios amigos controlándole a lo largo de todo el recorrido, siguiéndole en bici, suministrándole geles y alimento cuando era necesario. Y manejando sus redes sociales, en las que el cocinero había difundido de forma permanente su reto y sus evoluciones en los entrenamientos.

En la carrera estaba muy tranquilo. Tenia a Mikel en bici acompañándome durante el recorrido. Y también tenía a Dani dentro de la carrera, corriendo la Media, así que me acompañó hasta el kilómetro 15, cuando ambas se bifurcaban. Me vino bien, evité pensar que estaba solo ante el peligro. Llegamos al kilómetro 13 y Dani se empieza a despedir de mí, me da muchos ánimos y toda la fuerza del mundo. Y seguimos. Al pasar la separación de las carreras (media maratón para la izquierda y el maratón recto), me di cuenta que esto iba en serio. Iba muy fuerte, manteniendo el ritmo a 4’30”, hablando con todos, saludando, era feliz, sabía que lo iba a conseguir. Zabalgana se me pasó en un abrir y cerrar de ojos, me brotaron las primeras lágrimas. Y de vez en cuando aparecía Mikel. Me daba agua, ánimos. “Vas a buen ritmo ¿Cómo vas?”. Me dio el flato en el 13 y en el 17 y me duele un poco el pie, ¡pero bien!, le contestaba.

Asier tenía miedo al recorrido por Zabalgana, pensaba que se le iba a hacer eterno. Salburua, su barrio, lo conoce mucho mejor y estaba ilusionado por hacer la carrera por esas calles.

Llegamos a Salburua, pasamos el kilómetro 30 y ya me pongo serio. No se qué me va a pasar a partir de aquí. Es un momento de carrera que muchos llaman ‘el muro’. Subimos hacia Los Astrónomos, una cuesta que me hizo acordarme de Martín Fiz (y no para bien). Pero yo mantenía mis 4’30”. Iba muy bien, estaba entero, bien de caja, de piernas, notaba cansancio… pero, de repente, primer calambre, el gemelo izquierdo.

SATISFACCIÓN.

Urbina celebra que ha completado el maratón con unos de sus amigos.

“Hola, muro”, pensé.

Sabía lo que significaba, que aquí empezaba de verdad la maratón. Pero confiaba en mí, porque iba muy fuerte mentalmente. Pero eso no paraba. En el 37 se me subieron los dos gemelos. Le pedí agua a Mikel y empecé a parar en los bordillos para estirar. Ya me daba igual el ritmo ni el tiempo de carrera. Sabía que iba a terminar. Con dificultades, pero iba a hacerlo. Iba prácticamente solo. Mejor, pensé. Algunos volaban, otros empiezan a andar, otros se tiran al suelo a estirar. Yo también tuve que hacerlo. Tuve que buscar un bordillo en una acera repleta de gente viendo la carrera. ¡Dejadme un poco de bordillo!, les grité. Estiré, se me había agarrotado por completo la pierna derecha. A los diez segundos salí corriendo otra vez y me aplaudieron. Muy emocionante.

Urbina llegó en el tiempo que había previsto, rondando las tres horas y cuarto de carrera. Exactamente marcó 3.16.36, a una media de 4’38” el kilómetro. Llegó a meta en el puesto 175 de la prueba masculina. Solo 75 hombres y 1 una mujer bajaron de las tres horas (clasificación masculinafemenina)

Ya estoy en el centro, después de sufrir en este tramo final. La calle Fueros está llena de gente, me emociono. No es fácil describir lo que se siente. Veo a mis padres, que se han preocupado y han sufrido mis entrenamientos. Me están animando. Ya no tengo dolores, ni cansancio, ni nada; solo felicidad. Escuchó muchos ¡Urbina!. Veo la meta y veo a mi gente. Choco algunas manos y lloro.

Completo los últimos metros andando, reflexionando en todo lo que ha pasado en mi vida en estos últimos meses. Al final, lo he conseguido. Y ahora, a por otros retos que han de venir.